CIEN AÑOS DE SOLEDAD: TEMPORADA 2 (2026) – RESEÑA

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Hace once años me leí “Cien Años de Soledad” por primera vez. Tenía 19 en aquel entonces, me tomó aproximadamente 6 meses quizás devorarlo, nunca he sido un gran lector. Dentro de los vagos recuerdos de aquella primera mirada al mundo de Gabriel García Márquez, siempre resalta, por alguna razón, su inicio. No solo sus primeras líneas que mi papá solía repetirnos a mí y a mis hermanos, porque mi abuelo se la repetía a él, creando una alegoría irónica entre las propias líneas: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.”

Sino también recuerdo que lo que quizás tenía más grabado en mi memoria era la primera mitad de la novela, como si sus últimos actos se difuminaran en el propio polvo que acaba con Macondo. Como si la labor de escritura de Marquez llegase hasta tal nivel que la historia de Macondo solo está viva mientras la leemos pero también estamos condenados a olvidar sus detalles. En 2024 entonces, viví la primera temporada de esta adaptación de Netflix que prendió en mí la llama de volver a repasar la novela. Y así fue, en diciembre de 2024 comencé a leerla, con una mentalidad totalmente distinta, mucho más madura, mucho más crítica, queriendo ser más inteligente que las palabras que leía solo para enlodarme en mi propio hoyo de mugre llamado realización de lo poco que sabes y lo pequeño que eres frente a las palabras de un genio como García Márquez.

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Me tomó 6 meses de nuevo leerlo, pero esta vez no olvidé, Macondo estaba absolutamente vivo en mi memoria en un acto de rebeldía a su olvido, a la soledad. Pero yo no soy crítico ni analista literario, 10 años después aun lucho con si lo soy sobre el cine y la televisión. Pues mientras más consumo, menos capaz me siento de emitir una opinión que pueda deliberadamente acercar o alejar a alguien del arte. Pero es inevitable, regreso aquí siempre, a la página en blanco, y cuando es así, obligado porque mi cabeza va más rápido que mis dedos en el teclado, es cuando más gratificante se siente escribir para mí mismo, sobre lo que algo que vi, algo que experimenté, me hizo sentir.

Netflix tiene varias joyas, que con el paso de los años para muchos se pueden considerar joyas escondidas ya. Pero al ver esta segunda parte de “Cien Años de Soledad” no podía escapar el sentimiento de que la televisión latinoamericana siempre se ha merecido este nivel, y así como me encontraba con quienes me veían viendo la serie y con el hermoso acento colombiano de los actores la tildaban de novela a primer instante, yo mismo me daba cuenta capítulo tras capítulo que, verdaderamente, en la adaptación a la televisión, la segunda parte de la historia de los Buendía logró superar a la primera.

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Y es difícil escribir sobre esta serie sin gravitar hacia el material original, los propios creadores lo saben y lo sabían a la hora de elaborar la adaptación, razón por la cual la narración de Jesús “Chucho” Reyes, leyendo letra por letra las palabras de García Marquez, son una forma de comunicarnos que el material original por siempre será más grande que lo que sea que estén intentando hacer aquí. Pero aun así, la lectura visual resulta mágica cuando tomamos en consideración los aspectos inherentes de una novela que encarna de manera tan global la realidad (mágica también) de Latinoamérica.

Algo que fue inevitable a la hora de adaptar a la televisión, y aun más presente en esta segunda temporada que recorre un paso del tiempo más marcado que la anterior, es la posición geográfica de Macondo en Colombia. La novela logra contar el recorrido de un país, sus políticas y rebeliones, sin necesariamente aislarlo al país del natalicio de García Marquez, sin embargo, acá la necesidad de aterrizar los personajes, de crear una contrapartida del realismo mágico y de encarnar los personajes principales, sí obligó a darles una nacionalidad conocida.

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Aquella cercanía se volvería vital en la serie para mostrarnos una faceta mucho más directa de todo lo que Gabriel García Márquez abarcaba en su novela que para muchos es ficción pero es más historia que lo que acostumbramos a tener en Latinoamérica. Bajo una premisa importante y que se repite mucho en nuestro arte: “Quien no conoce su historia, está condenado a repetirla.” Pero eso no solo aplica a una historia social o política, sino más bien a las conductas humanas que caen años tras años en las mismas trampas de sus antecesores, en las cadenas familiares que marcan hasta el mirar de los ojos. En todas las familias Latinoamericanas hay Aurelianos y José Arcadios interminables, y eso no tiene absolutamente nada que ver con los nombres.

Desde 1967, García Marquez nos está comunicando que aquellas propias conductas luego se traducen en las virtudes y en las cruces, de la gente, y de los pueblos. Y mientras la serie repasa rápidamente lo carnal de los pueblos Latinoamericanos y su insaciable virtud de reproducirse en la carencia, en esta segunda explora los ciclos de capitalismo y socialismo que fueron inevitables por el colonialismo. En ese espejo, o espejismo, nos vemos todos. Y verlo traído a la pantalla en un lugar remoto pero cercano como Macondo, fue como despertar de nuevo, aun con aquel sabor agridulce de que quizás ya todo está escrito y lo que somos, fuimos y seremos es ineludible.

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La tiranía, la religión y la casería del comunismo son los traumas de Latinoamérica, y así como en el arte Europeo rebosa la rebelión, la guerra, el renacimiento y la transición de una realidad monarca a otra completamente distinta, en nuestro arte lo que rebosa es el sentimiento infinito de que las cicatrices de las tiranías nunca sanarán, el aferro a la religión desde la precariedad y no desde la abundancia siempre irá en crecimiento y que lo que somos, inevitablemente, siempre orbitará hacia un acidulado punto medio entre lo que creemos que somos y una agenda imperialista occidental hacia la cual todos queremos pertenecer de una manera u otra, lo sepamos, negamos, queramos, o no.

Pero para saciar nuestra búsqueda de identidad siempre tendremos lo que es tan viejo que no sabemos realmente a quien atribuir en nuestro linaje, tendremos siempre el realismo mágico, la precariedad de las masas porque en la abundancia se “pierde la identidad”, y la penosa pero también hermosa realización de que lo que nos mantiene siendo lo que somos está estampado en nuestro ADN, como la cola de cerdo de un Buendía que se procrea con otro.

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Técnicamente es impresionante, pues con aquel acceso a recursos que pocos contenidos Latinoamericanos consiguen, nuestra aflicción por lo carnavalesco, la música, el campo, el ruido, la fiesta, el polvo, el calor y la comida, fueron orgullosamente trasladados a una pantalla mundial que me encantaría todo el mundo viera, antes de que el viento se lo lleve, como se llevó a Macondo en mi primera lectura y en el último episodio de una serie que no tiene absolutamente nada que envidiarle a las joyas que de vez en cuando ha lanzado Netflix. Un aplauso enorme a todo el equipo detrás.

Calificación personal: Obra maestra, 10/10.