DIVIA (2025) – RESEÑA

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El ser humano como ente destructor ha tenido, a través de su historia, una capacidad de evolución mucho más sorprendente que el ser humano como ente de vida, amor y/o respeto. Las formas en las que mostramos amor y respetamos han sido las mismas por miles de años, mientras que la capacidad de destrucción ha evolucionado a posibilidades apocalípticas. Y entre todas las especies animales, es curioso estudiar la forma en cómo nuestros conflictos humanos tienen la capacidad de amenazar el propio funcionamiento del planeta que llamamos hogar.

“Divia” (2025) del director Dmytro Hreshko es una exploración visual de los efectos de la guerra con Rusia en el panorama medio ambiental y paisajista de Ucrania. Es un archivo vivo de la destrucción que ha causado la decisión de un hombre, el seguimiento de rebaño de quienes le rodean y la defensa de una nación que lucha por mantener su soberanía mientras cientos de miles de personas y animales mueren en campos de batalla que solían ser un paisaje hermoso, en pleno siglo XXI.

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Y quizás lo más sorprendente de “Divia”, que se traduce a “divina” en honor a la destrucción de la divina naturaleza, es su capacidad de brindarnos imágenes compuestas, con la calidad visual que estamos acostumbrados en 2025, de un conflicto que está sucediendo en nuestras narices y que se siente como un espejismo al pasado. Como algo que no debe estar sucediendo, como los resultados de un pueblo que ha olvidado su historia, o peor aun, solo sus mandatarios. Una evidencia audiovisual de cómo los conflictos bélicos no dejan más nada que destrucción, víctimas sin culpa, víctimas sin responsables.

El documental toma la muy buena decisión de iniciar con una apreciación total a los paisajes de Ucrania, desconocidos quizá al ojo común, pero una apreciación que logra mostrarnos lo que fue, lo que sigue siendo, y lo que estamos perdiendo. Para luego pasar a imágenes que muestran el impacto del conflicto en la naturaleza, la fauna, la flora, las personas, e incluso, y quizás más importante, la neutralización de espacios enormes que simplemente sirve de testamento a la inutilidad práctica de las guerras. No hay ganadores, nunca los hay, el precio a pagar nunca vale la pena el resultado.

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Con una música que se mantiene presente en todo momento y sin decir una palabra, la película otorga toda su fuerza al impacto de sus imágenes en nosotros. Y en ese sentido recorre el impacto de distintas estrategias bélicas en la desorientación de los animales, en la re-distribución del espacio físico y los campos de ganadería, en el acceso de las personas a áreas que ahora se encuentran completamente minadas, e incluso comparando el atardecer y la puesta del sol con la táctica bélica de bombardear de noche. Estos paralelos visuales refuerzan la anti-naturalidad de la guerra y aquello que mencionaba al principio de cómo nuestra capacidad de destrucción se siente forzada. Como si nos estuviésemos obligando a nosotros mismos a crear estas guerras para simplemente tener una razón de utilizar estas tecnologías de destrucción, que sin las propias guerras (sin sentido) no tendrían tampoco un sentido de existir.

La forma en cómo amamos sigue igual, un abrazo, un beso, una mirada, un gesto, una acción de cariño, sigue igual desde hace miles de años. Pero por alguna razón el ser humano ha sentido la necesidad de probarse que puede destruir a la par que puede crear, que puede descubrir nuevos horizontes a la par que puede destruirlos, destruir la naturaleza y las relaciones entre naciones. Pero sobre todo, lo que da más impotencia de este y todos los demás conflictos bélicos que se alargan, es la incapacidad de quienes los imponen de aprender del pasado y darse cuenta que no tienen sentido, y que, como “Divia” muestra muy claramente y con la atención visual y la paciencia irónica que el cine se merece en 2025, como lastiman nuestro hogar y a quienes lo habitan, de manera permanente.

Calificación personal: 7/10.

Poster, DIVIA