Hace tiempo que no me encontraba aquí, frente a la página en blanco en búsqueda de respuestas sin nada más que yo mismo para responderlas. Con la mirada borrosa de aquella tristeza y emoción que suele venir acompañada de ojos llorosos, y el malestar de la brillantez del blanco de la página en esas mismas lágrimas que salen de una emoción ajena, de un dolor ajeno, de una genialidad ajena pero que logra replicar en mí los sentimientos más puros de amor, duelo, pérdida y re-encuentro, porque sin uno no hay otro, y eso es la vida.
Regreso aquí, a donde comenzó todo sin esperar nada, más que quizás algunos ojos que me lean y si así lo es, te lo agradezco. Porque al final lo que me ha hecho sentarme a escribir, desde un inicio hace más de nueve años, fue el despertar de ideas y emociones en mí luego de ver una película que cambiara por completo mi perspectiva y si no, al menos me recordara por qué amo esto. Ideas que nunca me dejarían dormir si no son traducidas a esto, lo que sea que esto signifique o como se defina.
“Hamnet” (2025), de la directora Chloé Zhao, es una exploración profunda del amor, de la pérdida, de lo que sacrificamos, de a lo que nos aferramos, lo que dejamos ir, con lo que nos quedamos de aquellos que se van, y la transformación de la mente que reconoce, con el tiempo, el duelo como la forma más pura de amar. Pero también es un recuerdo de cómo el arte nos salva, de cómo lo ha hecho por miles de años y seguirá haciéndolo por los siglos de los siglos. De lo que toma de nosotros la elaboración de una obra maestra que trascienda el tiempo, tras la máxima de “una vida por otra”; y cómo el arte puede inmortalizar esa que se intercambia.
Como si fuese una especie de culto, Chloé Zhao transforma los espacios de un Reino Unido del siglo XVI en una especie de alabanza a la vida, a sus momentos más preciados, y sin replicar las técnicas de ninguna religión, ubica a sus personajes en una especie de superioridad cognitiva que los conecta más a nosotros, los humanos de hoy, que a la ceguera de la fe que afloraba en el desconocimiento de aquel entonces, y que aun lo hace hoy en día. Esto hace que Anne (Jessie Buckley) se sienta más contemporánea, en el aspecto positivo de la palabra, que sus alrededores. Pero así también se sentía con los demás protagonistas, logrando traducirnos su clarividencia y perspicacia en los más tenues presagios de lo que nos espera mas adelante en la trama.
Aun así, el diseño de producción es absolutamente envolvente, logrando incluso insertarnos en los cambios de tiempo de manera sutil, y traduciendo los más mínimos esfuerzos de lo que hacía la vida en aquel entonces más dura, pero también a veces más simple. La fotografía comunica tanto como las miradas, pues la naturaleza es mostrada desde la admiración pero también desde el respeto: “saber que todo lo que se da puede ser tomado” es la sensación primordial de la relación de la cámara con los árboles, la brisa, y el animal. Y con los personajes la cámara conversa también, dándoles espacio cuando se encuentran aislados, pero acercándose cuando buscan conexión. Manteniéndonos (nosotros, los ojos de la audiencia vuelta plano) en una esquina interior cuando simulamos muerte, y en una esquina exterior cuando simulamos distancia.
Cada plano, cada composición, cada gesto del primer acto es recreado en el sentimiento que sirve de símil o inverosímil a este en el tercer acto. Y así mismo, en alabanza al propio arte y respeto a lo que no controlamos, la música nos permite alzar por completo los sentimientos, elevar nuestra propia percepción de lo que estamos viendo en el hipotético caso de que con la imagen no sea suficiente para hacernos despertar.
La película tiene dos protagonistas, esto es sin duda, dos actuaciones que traducen las formas más puras de amor y dolor cómo hace tiempo no recibíamos en el cine. Pero también nos trae una actuación revelación de Jacobi Jupe (Hamnet) que nos saca de todas las casillas existentes en la confrontación con el dolor. Los primeros dos actos pertenecen a Jessie Buckley como cuidadora, dadora de vida y luz, rol de madre y mujer, irrepetible por un hombre. Pero la película da un giro dramático importante luego de su clímax, para mostrarnos su verdadera intención. Aquella de manifestar magia y propósito, a través del trabajo de Will (Paul Mescal), en lo terrible de “una vida por otra”; la fascinación de que esa otra vida puede mostrarse de muchas maneras pues lo que está vivo no es lo que respira, sino lo que se mantiene presente en nuestros corazones, en nuestra mente, en nuestros recuerdos, en nuestras palabras y en lo que somos y todo lo que creamos.
El arte no solo nos salva, tiene la capacidad, irrepetible por ninguna otra expresión o invención del ser humano, de inmortalizarnos. De mantenernos vivos por y para siempre, como lo hizo Shakespeare con su hijo. Porque el amor, el duelo, la vida y las memorias tienen muchas formas de verse, de vivirse, de experimentarse y de contarse. Porque la ausencia crea dolor, pero el arte crea esperanza y a veces ni quién lo crea está consciente de eso. Y simplemente sale porque tiene que salir, porque es obligatorio, porque si no lo sacamos morimos por dentro. Porque para quien hace arte eso es lo único que existe, lo tenga consciente o no, porque para quién quiere expresarse y traducir el amor, el dolor y la vida en arte, no tiene de otra que hacerlo o rendirse ante la demencia. Ser o no ser, que no es lo mismo que vivir o no vivir.
Calificación personal: 10/10.
