Si tuviera que definir este documental lo haría a través del reciente término adoptado en el acervo popular de “sonder”. Ese asombro al descubrir que cada rostro en la calle encierra una vida tan rica y compleja como la propia. Fran Guijarro capta esta sensación desde el primer encuentro con Alvin “Moses” Carbins, recordándonos que este es un concepto y un sentimiento común frente a la epidemia del “homelessness”, y que a veces en la curiosidad buscamos respuestas sobre cómo esas personas terminaron en la calle, pero en un lado de la moneda un poco más oscuro, lo que buscamos es no vernos en ese espejo de aptitudes para nunca llegar allí, cosa que a veces es inevitable, sin culpa y sin responsables.
El acompañamiento de Guijarro a Moses durante quince años convierte el documental en algo más que un retrato: es la crónica de una fraternidad que, sin tapujos, nació de una tarea profesional y se transformó en un vínculo de vida. Desde la pantalla se siente cómo el cine no solo registra, sino que cambia, abría los ojos de ambos a realidades que quizá nunca hubieran tocado de otro modo. Moses es el pináculo de lo que el cine documental puede ser: un motor para la empatía y la acción. Un motor que puede comenzar con el propósito de encontrar una historia y terminar cambiándote la vida por completo.
Moses, estático durante décadas, despierta de su letargo al verse forzado a re-encontrarse con su pasado y sus decisiones. Guijarro, como buen documentalista, no solo deja que la historia fluya sino que empuja a su protagonista a enfrentar su pasado, sus dolencias y las raíces de su situación actual. Pero no desde una vista picada, sino buscando la gloria dentro de Moses, y como esa comunicación que tanto abraza frente a extraños en su esquina-oficina, se veía reflejada en su pasado. Esa curiosidad empuja el documental.
La película se resiste al sentimentalismo fácil. Aunque no oculta la pena, su verdadero triunfo es mostrarnos a Moses en sus virtudes: la pasión que le llenaba el pecho, su familia, su música, su forma de comunicarse, su don de mediador entre los residentes del SRO. Ese equilibrio entre sombra y luz convierte cada momento en un rayo de luz adicional frente a conocer a Moses.
El tercer acto expande el universo de Moses al enseñarnos cómo su comunicación ha inspirado a otros artistas y cineastas. Ya no es solo objeto de una película: es fuente de otras piezas artísticas que traen sus virtudes a la luz. Ver a Moses convertirse, casi sin pretenderlo, en un icono de resiliencia, demuestra el alcance que puede tener una sola voz cuando la cámara la sigue con respeto. Nos traían a Moses a la luz.
Ver esta película me hizo sentir vulnerable y esperanzado a la vez. No hay nada más poderoso que un espejo, y Moses lo coloca ante nosotros sin filtros: el trauma familiar, la soledad, el duelo y la pasión compartida. Donde estamos no determina quienes somos, y como vivimos hoy no concluye donde nos mantendremos siempre. El documental pasa a otros niveles cuando nos damos cuenta que, por el tiempo y el enfrentamiento directo al pasado, la vida de Moses nunca será igual luego de conocer a Fran Guijarro, ni la de Fran luego de conocer a Moses.
Y otorgarle ese poder al cine, aquel de revelar lo inclasificable, lo imprescindible, lo profundamente humano, es un acto poderoso y que conmociona a cualquiera. “Moses” nos saca de la niebla por completo, nos enciende la urgencia de contar otras historias que, como la de Alvin Carbins, nos recuerden que cada persona es un universo por descubrir pero no solo para contarlas, sino con la capacidad de cambio y construcción que tiene el cine.
Calificación personal: 8/10.
